lunes, 19 de agosto de 2013
OJOS DE MERCURIO
Daniel pasaba todos los veranos en la casa que el tío Martín tenía junto a la playa. Era una vieja casona de dos pisos, con techo de teja, columnas en el pórtico y las paredes pintadas de un azul tan desteñido como una mañana sucia. Daniel gozaba de quitarse el calor chapoteando entre las olas de la orilla y bebiendo agua de coco. Sin embargo, al caer el sol, su alegría se disipaba, tal y como lo hacen las gaviotas al acabarse el pan, y el miedo se le incrustaba muy hondo bajo la piel de su espalda.
Noche a noche, apenas Daniel abría los ojos, la sombra huía, cruzaba el umbral y se perdía en el oscuro corredor que avanzaba entre puertas paralelas. Entonces, ocultaba la cabeza entre las sábanas y llamaba a gritos a mamá. Pero los años pasaron, y él se dio cuenta de que la sombra era incapaz de hacerle daño. Un cálido atardecer, mientras se acercaba la hora de volver a la ciudad, resolvió que, al año siguiente, cuando ya hubiese cumplido diez, seguiría a la sombra y averiguaría a dónde se dirigía después de visitarlo.
Pero, a fines de noviembre, su madre, Catalina, sufrió un colapso nervioso mientras trabajaba en la oficina. El médico recomendó reposo absoluto y así, Daniel, junto con su madre y su tío, estaban de regreso en la casa de la playa mucho tiempo antes de que se hubiera cumplido un año.
Los primeros días transcurrieron con tranquilidad. El sol y la brisa permitieron que la salud de Catalina se restableciera con rapidez. No obstante, como era habitual, la sombra estaba ahí. Daniel se decía a cada nuevo atardecer, “hoy sí la seguiré“, “hoy sí la seguiré“, pero apenas el sol se hundía en el mar, su voluntad flaqueaba y los antiguos temores renacían.
Había transcurrido una semana, cuando decidió que esa sería la noche predestinada para su misión y que no iba a tolerar demora alguna.
Alzó los ojos cuando las letras rojas del reloj electrónico sobre su mesita de noche marcaron las 2:30 de la mañana. El cuarto estaba vacío, no había ninguna presencia extraña, se sintió derrotado.
Cerró los párpados un instante, los abrió otra vez. Allí estaba, detenida frente a él. Al posar su mirada en la sombra, ésta se alejó. Después de entrar al corredor oscuro, Daniel le perdió la pista, pero un susurro, le permitió ubicarla cerca del baño. Seguro de encontrarla, Daniel abrió la puerta y prendió la luz, pero sus ojos se llenaron de frustración al comprobar que se le había escapado. Pensaba volver a su cuarto, cuando la bombilla comenzó a tintinear, se apagó. Un escalofrío acarició la espalda de David, quien dirigió su mirada al gran espejo ovalado ubicado frente a él, una fosforescencia lo iluminaba. Ella estaba ahí, pero no era ya más una silueta sin formas ni colores, sino una niña pálida, rubia, con ojos tan grises como dos gotas de mercurio. Apoyaba sus dos manos, pequeñas, finas, del otro lado del cristal. Sus labios se movieron, la luna del espejo vibró, como cuando se arroja una piedra a un estanque.
A toda carrera, Daniel salió del cuarto y regresó temblando a su cama, ocultándose inmediatamente bajo la caricia protectora de las sábanas.
Durante el día siguiente, se reprochó ser tan cobarde y, mientras jugaba a la pelota con el tío Martín, se prometió que esa noche descubriría el secreto de la sombra.
El sol se hundió en el mar, los pelícanos huyeron a los árboles y una luna, tan delgada como la uña de un gato se apoderó del horizonte.
Daniel se introdujo bajo las sábanas y apagó la luz, mas no cerró los ojos, permaneció insomne, aguardando a que la sombra apareciera. A la hora esperada, así sucedió, y Daniel la siguió hasta el baño.
- ¿Quién eres? -inquirió el niño.
El susurro creció. La criatura del espejo movía sus labios y en el cristal se formaban letras. “Búscala, la extraño”, se repitió tres veces sobre el cristal
- ¿Qué es lo que tengo que buscar?
Sin que hubiera respuesta, las letras se desvanecieron, al igual que la niña con ojos de mercurio.
Después de desayunar un vaso de leche y algunos trozos de sandía, Daniel se puso a revisar el contenido de un librero medio desvencijado ubicado en la sala. De inmediato, llamó su atención un viejo álbum de fotografías.
Pasó las hojas, varios niños aparecían juntos y, pese a las diferencias que trae consigo el tiempo pudo reconocerlos: la tía Consuelo, el tío Juan, la tía Rosaura y el tío Martín. Siguió dándole vuelta a las páginas, de pronto, sus ojos se congelaron en una imagen, una niña delgada y rubia, con los ojos tan grises como dos gotas de mercurio, miraba tímidamente hacia la cámara. En sus pequeñas manitas, sostenía una muñeca de porcelana.
Daniel le llevó la fotografía a su madre, quien en ese momento estaba fuera de la casa, mirando el mar bajo una sombrilla.
- ¿Quién es ella?
- ¡Daniel, no andes jugando con esas fotos, devuélvela a su lugar!
Ante la intransigencia de su madre, Daniel le enseñó la foto a su tío Martín.
- Es Elenita, la hija menor de la tía Rosaura. Antes de cumplir diez años, se la llevó el mar.
Ese día, Daniel no construyó pirámides ni castillos en la arena, se la pasó escudriñando el ático en busca de la muñeca. Reviso baúles, cajas, armarios hasta que el sol se ocultó. Nada. Lo llamaron a dormir, la sombra apareció frente a su rostro, Daniel no tuvo fuerzas para acudir a su cita ante el espejo.
- Prepara tus maletas, nos iremos mañana. -le anunció su madre a Daniel dos días más tarde. Catalina se encontraba reestablecida casi por completo de sus males y, además, el permiso otorgado en el trabajo estaba a punto de vencerse.
Daniel debía darse prisa si quería encontrar a la muñeca. Pasó otra vez el día en el ático, encontró muchas reliquias familiares, pero no la que buscaba.
La noche llegó. La tranquilidad que reinó durante el día se trastocó por un fuerte viento que casi descuajaba a las palmeras.
- Viene una tormenta.- exclamó el tío Martín, al tiempo fumaba.
- ¿Crees que estaremos bien? -preguntó Catalina asustada.
- No te preocupes, Catita, apenas se está acercando. Para cuando llegue con toda su furia, ya estaremos lejos de aquí.
La lluvia se hizo presente poco después, cuando Martín y Catalina ya habían apagado todas las luces de la casa. Daniel no podía dormir, quedaba poco tiempo para que la niña de los ojos de mercurio apareciera. No quería fallarle.
Ya se acercaban las dos, cuando Daniel, sin temor a la tormenta, decidió salir, buscando que el viento refrescara sus ideas.
Apenas cruzó la puerta, la lluvia le aguijoneó el cuerpo como un panal de avispas, pero no le importó. Necesitaba pensar donde más podría encontrarse la figura de porcelana. “¿Y si a alguien más, a una tía o a una prima le agrado la muñeca y decidió llevársela a su casa?” Era posible, sin embargo, Daniel no quería pensar en eso, quería creer que sí estaba ahí y que sí la encontraría.
Estaba todo mojado y empanizado de arena, cuando decidió dar media vuelta. Acosado por la frustración, pateo un trozo de madera. Sonó hueco.
Intrigado, Daniel se dio cuenta de que no era un fragmento, sino una cajita a la que el viento había despojado de su escondite arenoso.
Con gran ansiedad, Daniel la abrió, la muñeca de porcelana, entre otros tantos recuerdos de Elenita se encontraba ahí, con su vestido azul cielo, sus ondulados cabellos castaños y un par de ojos tan grises como dos gotas de mercurio.
Al filo de la hora señalada se metió bajó las sábanas. La silueta apareció como era de esperarse y, con la muñeca en la mano, Daniel la siguió. Afuera, el viento arreciaba y su aullido había apagado por completo los otros sonidos de la noche.
Entró al baño, la niña se hizo visible. Daniel le mostró la muñeca. La luna del espejo se estremeció de igual forma que el mar lo hacía afuera y, de entre sus olas, asomó una mano frágil, tan pálida como la corteza de la luna. Daniel iba entregarle la muñeca, cuando escuchó pasos a su espalda:
- ¡Dios mío, Daniel! ¡Dios mío, aléjate de ahí! - gritó su madre llena de espanto y enseguida prendió la luz. Al instante de hacerlo, el espejo recobró su placidez estatuaria y todo rastro de la niña de los ojos de mercurio se desvaneció. Catalina, víctima de la impresión perdió el sentido, Daniel, aún con la muñeca de porcelana en las manos, no pudo hacer otra cosa que llorar.
Al día siguiente, apenas acabaron de desayunar, Daniel, su madre y su tío abandonaron la playa bajo una lluvia torrencial. Catalina, en grave crisis nerviosa, adjudicó los inexplicables sucesos de la noche a su delicado estado emocional y se prometió a si misma no volver a esa casa nunca más.
*****
Daniel no volvió a pasar un solo verano de su infancia en aquella playa. No fue sino hasta muchos años después, cuando heredó la casa, que regresó. El recuerdo de la niña de los ojos de mercurio lo seguía acechando y, así, la primera noche, con la muñeca de porcelana en sus manos esperó a que la sombra apareciera. Al no verla a la hora señalada -quizás ella había perdido la costumbre de visitar su habitación-, acudió al espejo, esperando encontrarla ahí.
Detrás del cristal, la niña de los ojos de mercurio gemía, imploraba que le entregara lo que tanto quería, pero Daniel, enceguecido y sordo por los años y la rutina, no pudo ver ni escuchar nada.
martes, 13 de agosto de 2013
Laberinto

LABERINTO
Laberinto infranqueable
sin cima ni fondo
sin ancho ni largo
sin norte ni sur
El sol está abajo
escondido bajo la hierba
mientras la lluvia lacera
los talones de mis pies
En intrincados caminos
me pierdo sin llegar al fin
mudas de cara, como la
mamba su escamosa piel
Cansado de bajar al cielo
de alcanzar la cima del infierno
me pregunto con ansiedad y horror:
¿Cuándo podré abandonar tu opresión?
jueves, 25 de abril de 2013
OJOS DE AVELLANA
jueves, 18 de abril de 2013
LEJOS
Alejado de tu risa,
nieve tibia
¿Cómo podría ser yo mismo,
y no ese otro,
de andar resquebrajado
y ojos despavoridos?
Sin tus ondulantes manos
cálidos nidos de cigüeñas,
Hojas, ramitas flores.
¿A qué podría asirme
para no ser un trozo más
de este mundo espectral?
Privado de la guía,
de esos alegres astros,
que tus pestañas cuidan.
¿Qué me impediría naufragar,
como triste goleta
en la noche abisal?
Así como ves,
te busco anhelante
sin esperar algo más,
que una gota de nieve,
un rincón en un nido,
o una mirada solar.
jueves, 31 de enero de 2013
MILAGRO
Me hiciste olvidarme
De las flores marchitas
Del aliento podrido
Del negro pasado
Y alejaste de mí
Los hechizos de antaño
Para obrar el milagro
Bastaron tus ojos y tus labios.
martes, 15 de enero de 2013
BATRACIO
Con sus esféricos ojos mira
Sobre el agua cenagosa
Romperse el cielo en cristales
De lluvia, aire y niebla.
jueves, 22 de noviembre de 2012
BRUJAS, FANTASMAS Y UN CHAC MOOL
Cuando hablamos de autores de literatura fantástica, por lo general pensamos en Mary Shelley y la espantosa creación de Víctor Frankenstein; en Edgar Allan Poe y esas enfermizas mujeres que vuelven de la tumba para aterrorizar a sus amantes; en Nathaniel Hawthorne y sus casas embrujadas; en H.P. Lovecraft y sus demonios ancestrales; en Bram Stoker y ese conde ávido de sangre; en Henry James y los esquivos espectros que horrorizan institutrices histéricas. Es decir escritores de la lengua inglesa. Por otro lado, al escuchar las palabras “Literatura Mexicana”, evocamos idílicas escenas del campo decimonónico, desgarradoras historias de amores imposibles , crónicas de la atroz violencia de la Revolución de 1910 y las inverosímiles hazañas de sus caudillos. Asimismo no dejaremos de pensar en relatos más actuales que nos muestran la vacuidad de la vida citadina, la caída en el olvido de las viejas costumbres, la galopante corrupción de empresarios y políticos, y la creciente americanización de la sociedad mexicana. Sin embargo, la fantasía está presente en nuestras letras en mucho mayor medida de lo que se cree y podemos encontrarla ya desde el siglo XIX, en algunos cuentos de Vicente Riva Palacio: “Las Gotas de Agua“ y “El Matrimonio Desigual“.
Posteriormente, Amado Nervo también seguirá esta línea en algunos cuentos tales como “La Diablesa”, en el que un hombre le pide a Mefistófeles que cree para él a la mujer perfecta y “Él Ángel Caído”, relato de tono infantil en que unos niños encuentran por accidente un ente celestial.
En 1912, Alfonso Reyes escribe un breve relato denominado: “La Cena”, en el cual prevalece un ambiente onírico, de profunda irrealidad. Sin embargo, también aparecen algunos elementos autobiográficos, en especial relacionados con su padre, el general Bernardo Reyes, quien moriría un año después, durante la Decena Trágica: “Contemplé de nuevo el retrato; me vi a mi mismo en el espejo; verifiqué la semejanza: yo era una caricatura de aquel retrato… Y corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos. Los relojes de los torreones me espiaban, congestionados de luz…”
Así, no hay que buscar mucho para encontrar autores mexicanos que hayan caminado por el terreno de lo fantástico, el mismo Juan Rulfo la hace patente en algunos cuentos del Llano en Llamas como “Macario“, en que un individuo con retraso mental vive aterrado por el ejército de santos de su madrina, o “Luvina“, narración de la vida en ese pueblo fantasmal, donde los elementos y los objetos tienen más vida que los seres humanos que habitan en él: “Hasta allí llegaba el viento... Lo estuvimos oyendo pasar por encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir… golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis”
No obstante, será en Pedro Páramo, donde Rulfo despliegue toda su fantasía al unir, en ese pueblo agonizante que es Comala, el mundo de los vivos y de los muertos. Nunca sabemos el instante preciso en que muere Juan Preciado, o, si acaso, estaba muerto desde un principio y fue siempre fue uno más de los fantasmas que acosan al cruel hacendado que lleva el mismo nombre que la novela.
Lo fantástico también es esencial en la obra de otro gigante de las letras mexicanas: Carlos Fuentes. Desde su primer libro de cuentos, Los Días Enmascarados (1954), este autor juega con lo extraño y lo sobrenatural. Así, el infortunado Filiberto es esclavizado y posteriormente asesinado por un ídolo azteca que ha cobrado vida (“Chac Mool“); otro burócrata, éste sin nombre, pierde la vida en una vieja casa de Puente de Alvarado, a manos del fantasma de la desdichada emperatríz Carlota, quien lo ha confundido con su adorado Max (“Tlactoctzine, del Jardín de Flandes“). “Por Boca de los Dioses” es un cuento más surrealista que fantástico, sin embargo, en éste, el protagonista desciende -por medio de un elevador-, a las ruinas de la antigua Tenochtitlan, donde acuden a su encuentro las siniestras deidades mexicas.
El tema de la bruja es otra constante en la obra de Fuentes, no sólo en la célebre novela Aura, en la cual también aparece el tema del Doppelänger (la anciana Consuelo y la joven del vestido verde se revelan como la misma persona), sino también en un libro aparentemente realista como lo es Artemio Cruz, en el cual la abuela del protagonista, la vieja Ludivinia, confinada a su habitación, el único aposento intacto de la hacienda arrasada, también es una hechicera. Imposible dejar de lado un relato como “La Muñeca Reina” , cuya atmósfera escalofriante y su trama llena de intriga es digna de la mejor literatura gótica.
La faceta fantástica de Carlos Fuentes también la encontramos en los relatos que forman el libro Inquieta Compañía. En ellos aparecen un par de brujas que aterrorizan a su joven sobrino recién llegado de Francia (La Buena Compañía); un ángel musulmán que salva a una hermosa mujer de las garras de su cruel esposo (Calixta Brand); una casa, propiedad de un alemán seguidor de Pancho Villa y del Fürher que está infestada de los fantasmas del Holocausto (“La Bella Durmiente“); y un siniestro individuo, de nombre Vladimir Radu, que llega a la Ciudad de México procedente de Europa Central en busca de sangre para saciar su sed (“Vlad“).
José Emilio Pacheco es otro destacado narrador mexicano que hace de la fantasía parte fundamental de su obra, especialmente en el volumen de relatos denominado El Principio del Placer. En una de éstas historias “Tenga para que se Entretenga”, una mujer y su hijo pasean por el Bosque de Chapultepec, cuando de pronto un hombre alto y barbado, “blancuzco como un caracol fuera de su concha”, surge de las entrañas de la tierra y le pide al niño que no moleste a los caracoles pues éstos “no muerden y conocen el mundo de los muertos” . El niño se interesa por conocer la casa del recién llegado y con el incomprensible permiso de la madre se sumerge en el hueco abierto para no volver a ser visto nunca más. Señas posteriores parecen demostrar que aquel extraño hombre-molusco no es otro que el infortunado Maximiliano de Habsurgo.
Asimismo, la fantasía y la realidad también se entremezclan en el relato “La Fiesta Brava”, en que un narrador poco exitoso de nombre Andrés Quintana escribe un cuento sobre un turista americano, exmilitar, que es asesinado en el metro por una secta que, en reminiscencia de los antiguos aztecas, practica sacrificios humanos. Posteriormente, una noche, después de ver fracasado su intento de ver publicada su historia, Quintana viaja en el metro, se encuentra con un americano idéntico al que protagoniza su relato y termina por caer en las manos del grupo de aztecas contemporáneos que antes había descrito.
Un autor menos conocido, pero no por eso menos brillante, Francisco Tario, elaboró piezas fantásticas de gran calidad. En uno de sus relatos un joven estudiante que duerme apaciblemente, sueña que es capturado por unos policías que lo acusan de haber matado a una mujer cuyo cuerpo decapitado yace en el fondo de un lago. Repetidas veces, el estudiante niega tener algo que con aquel asesinato, sin embargo, conforme la historia avanza, nos damos cuenta de que aquella mujer es en realidad la hermana del protagonista, que ambos sostuvieron amores incestuosos durante su adolescencia y que, al no poder tolerar que los separaran, opta por suicidarse. A final, el estudiante sucumbe a la culpa que éste recuerdo antes reprimido le causa y jamás vuelve a despertar. En “Fuera de Programa”, Cynthia, la joven heredera de Lord Callendar, desecha a todos los aspirantes a tomar su su mano, por más ricos o guapos sean, pues está enamorada de “Dreamer”, un hermoso caballo negro al que brinda trato de persona, mientras que, en “La Noche del Féretro”, un cajón de muerto nos cuenta su deseo de llegar a ser ocupado por una mujer.
Imposible dejar a un lado a Juan José Arreola y su maravilloso Confabulario, con esos trenes que nunca llega a ninguna parte (“El Guardagujas“), esos científicos que pretenden hacer posible que un hombre viaje a través del ojo de una aguja (“En Verdad os Digo“) y las fábulas y alegorías que se prodigan en relatos como “Una Mujer Amaestrada”, “El Rinoceronte”, “El Prodigioso Miligramo” y otros.
Las mujeres también han realizado contribuciones muy destacadas a la literatura fantástica. Elena Garro, considerada por muchos una de las mejores escritoras mexicanas, escribió “La Culpa es de los Tlaxcaltecas“, un complejo relato en el cuál la protagonista vive simultáneamente en dos tiempos: la caída de Tenochtitlan y la actualidad. Por su parte, Guadalupe Dueñas mezcla la nostalgia de la infancia con lo sobrenatural, tal y como ocurre en el cuento “Al Roce de la Sombra“.
Otra destacada narradora en este campo es Amparo Dávila, cuyos relatos están siempre salpicados de entes perturbadores que surgen de las sombras para destrozar la vida de los desdichados que se cruzan en su camino. Así, una mujer y sus hijos viven aterrorizados por un extraño ser -nunca queda claro de qué clase de criatura se trata- que su marido trae a la casa tras volver de uno de sus viajes (“El Huésped“). En “El Espejo“, una mujer madura que se recobra de una fractura en un hospital es aterrorizada noche a noche por sombras que cruzan el espejo que está frente a su cama, mientras que “En la Quinta de las Celosías”, Jana, una joven perturbada por la muerte de sus padres, recibe la ayuda de un ser llamado Walter -nunca se dice si es un hombre, un animal o un monstruo- para asesinar y embalsamar a sus pretendientes.
Este breve ensayo no intenta, de ningún modo, hacer una revisión exhaustiva de todos los autores mexicanos que han escrito obras de carácter fantástico, simplemente busca demostrar que éste género no es ajeno a nuestra literatura y que ha dado lugar a obras de gran calidad. Por otra parte, pretende ser también una invitación a su lectura.
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